“Alguna
otra ventana tengo que tener abierta…” me dije, tratando de ubicar el extraño
sonido que escuchaba mientras veia videos en internet.
Alguna
otra página, otra ventana en el ‘browser’ tenía que estar emitiendo ese sordo
pedido de auxilio que percibía. “Busquemos…” razonaba mi mente, pausando el
tonto video de Youtube –sobre automóviles para variar- que había buscado a esas
altas horas de la noche para ganar algo de sueño. Hay cada cosa en este mundo,
y entre las canciones pop de fondo y los extraños sonidos que Microsoft escoge
para sus aplicaciones, el que algún desviado –entre millones de personas que
crean páginas web- añadiera voces de auxilio en su página era posible… La otra
posibilidad era más increíble y desagradable. La postergaba.
“Auxilio”,
el llamado se hacía más insistente. Ya no cabía duda.. no me dejaría libre el
que todo fuera un simple efecto sonoro añadido por mal gusto. Apagando los
parlantes del equipo, me acerco a la ventana y puedo distinguirla; una señora
en sus 50s, con su bata y rolos agitando los brazos para llamar la atención.
Cuchillo en mano.
Miro
con más cuidado; quizás sí estaba dispuesto a brindar ayuda… siempre y cuando
no se tratara de una jauría de pandilleros causando Dios sabrá que males. No,
no lo considero cobardía, es la simple y pura verdad. Seré idealista y
románticamente… heroico –en mi mente. Pero conozco mis limitaciones y después
de toda una vida dedicado a la lectura, el dibujo, la pintura y el arte –esas
aspiraciones preciosistas que muchos aprecian pero pocos pagan- reconozco que
el intervenir físicamente contra una turba maliciosa no sólo no conllevaría a
evitar el triste desagravio, sino que terminaría en mi muy seguro cese de
existir en esta forma humana. No, de ser una turba, llamaba a la policía, fin
del asunto y a vivir con el remordimiento y el sentido de impotencia.
Con la
escena examinada cuidadosamente decido intervenir. Bajo las escaleras,
despertando al guardia -quién, dicho sea de paso, debería ser el que haya
respondido. Como de costumbre dormía a estas horas. Menudo hombre de armas que
ha de defenderme en caso de un crimen en mi hogar. He de dormir mejor ahora
conociendo su alta eficiencia?
Apesadumbrado
y sin comprender bien lo que ocurre, me despeja el camino, y abre el portón
principal. Me ha de acompañar? No, él conoce bien su trabajo y habrá de velar
por el pedazo de edificio que le pagan para cuidar. Exacto, esta no es misión
para un hombre de armas mal preparado: es una misión para el señor delgado que
se dedica a dibujar dulces figuras infantiles. Abran paso espectros de la noche
que vengo con el borrador cargado.
“Gracias
a Dios que me escuchó… que he estado en todas las otras casas y nada! Nadie!
Venga que la niña, está encerrada en el cuarto y algo le cayó mal y no la puedo
sacar! Yo creo que algo malo le cayó en la comida.. se me ha congestionado!”
Bien,
mucha información, así son las mujeres. Rápidas para decir datos sobre las
situaciones… Y así somos nosotros, lentos en comprender la retahíla que recién
nos han expuesto. Intentando descifrar todo bajo alguna lógica que nos
elude. Nosotros queremos cosas más
concretas: Congestionada? Cómo sabe eso? Cómo llega a esa conclusión? Niña? De
cuántos años? A dónde me lleva doña? Y cómo se encerró ella en ese cuarto? En
qué me he metido?
Primera
vez poniendo pie en esa casa. Justo a la derecha de la mía y jamás había posado
mi vista detenidamente en ella, así de anónima es. Ahora era invitado
inesperado. Qué hora es mi’jo? 1:30 de la mañana ya? Reviso a mis espaldas,
quizás cambió de parecer el guardia. Nada, sigo por mi cuenta… El delgadito se
las ha de poder con una puerta recalcitrante. Recibo el cuchillo en las manos.
“Mire,
que llevo intentando abrir con esto, quizás usted puede. Que la niña pide
auxilio y no la puedo sacar… que puso llave…”
Sí
señora, ya escuché… pero no le digo nada. Sé que para ella repetir esa
información le da cierto sosiego. Sino puede controlar la situación, al menos
está en control de la información, por más correcta o equivocada que está pueda
ser.
“Creo
que está congestionada… qué no se puede mover. A mí así me dio una vez, que no
podía moverme… Y así frotándome el estómago se me quitó”
La doña
me muestra sobándose en dicha área. Me pregunto en dónde he terminado, estoy
con un cuchillo barato de cocina intentando abrir una puerta, del cuarto
escucho los gemidos de la muchacha, suaves y angustiados: “Ayuda”. Qué es esto?
Cámara escondida? Quién es esta ‘niña’? Alguna adolescente jugándonos una muy
pesada broma?
A
diferencia de lo que las películas muestran, una puerta de madera común y
corriente no abre sólo de un empujón. Ni con cuchillos de cocina. Sé que es
inútil. Corro por martillo y desarmadores a mi hogar. El guardia me mira con
poco interés. Sí señor, disculpe que lo hayamos despertado.
De regreso,
mejor equipado, me esmero en mi cometido. Tenía una puerta por abrir y mi
primitivo cerebro masculino había aceptado el reto: esa puerta habría de
abrirse, eso estaba decidido, ya fuera reventándola a mazasos. Atentando con
esta certeza impuesta a mí mismo, la doña marca el número de emergencias.
Desconozco si por los nervios o por costumbre les da malas direcciones. No
señora, la calle en la que estamos no es esa… en qué está pensando?
La
operadora no ubica ni entiende las direcciones. El auricular pasa a mi poder
mientras martillo. Sí… efectivamente, no puede salir la muchacha… no sabemos lo
que le pasa, la calle es tal y cual… cuánto tardarán?... gracias. Fantástico,
ahora, en caso de que no pueda abrir la puerta, al menos mi orgullo masculino se
sentirá redimido tras haber situado –cual sabueso- al equipo de emergencia en
el camino correcto.
La
puerta cede. La ‘niña’ por fin se presenta ante mí. Veinteañera, mestiza,
rechonchita de pelo pintado, yace en la cama desnuda y ladeada. Una laptop abierta
permanece justo cerca de sus manos. Platos de comida sucios usados pocas horas
atrás. Su cuerpo efectivamente se rehúsa a movimientos voluntarios. Su palabras son suaves gemidos.
“Niña
qué le pasa? Comió algo? Qué tiene?”
“No
puedo… me duele…”
“Mire,
la voy a voltear… venga”
“Me
duele… nooo… “
Salgo a
la calle a esperar al equipo de emergencias. En esta ciudad de inseguridades,
siento una extraña sensación de placer y ansiedad al ver -y permanecer
expuesto- mi calle de todos los días a esas horas de la noche. Las cosas que
uno puede envidiarle a Europa. La
calle es fría, un par de luces solamente, ningún alma en derredor… Sólo el
guardia que permanece resguardado a unos cuantos metros de distancia. Mejor no
contar con él en caso de auxilio.
La esperada
caravana llega casi 15min. más tarde. Parecen ‘homies’, serán? Quizás han
reencaminado sus vidas después de ser deportados. Eso o auscultan casas para
asaltar con ese ventajoso trabajo. Como sea, no hay de otra más que aceptar la
ayuda. El interrogatorio comienza. “Qué comió mamita?” “Se puede mover?” “Ha
bebido?”
“No, la
niña es bien sana… ella no toma, no consume esas cosas… no… algo que habrá
comido será, le puede mover la panzita… así me curé yo”
Miradas
de incredulidad de los rescatistas a mí persona. “Moverle la panzita?” parecen
decirme. Yo que sé. Uds. sabrán de su trabajo, yo ya hice mi parte. De hecho,
por qué sigo aquí? Uno de los rescatistas me muestra una botella de vodka vacía
que estaba justo bajo la mesa de noche. Me la señala y se acerca a mí cual si
yo fuera pariente. “Ve! Mire en lo que andaba la niña” parece decirme. La chica
vomita en ese momento. Entra la policía (para protegernos de los ‘homies’?).
Los actores de la obra por fin están completos.
Mientras
siguen las averiguaciones y discusiones mi mirada se pierde en la casa. Enfoco
el diploma de la doña en el pasillo de las escaleras. Joven, feliz, doctora,
fecha de graduación en la década de los 80. Cómo se llega de ese momento de
promesas a este, en el que no se puede ni siquiera dar direcciones correctas a
unos extraños que podrían salvar a una persona que cuidas y amas?
Los
rescatistas han conseguido bajar a la chica en camilla pese a lo estrecho del
paso. Bajan todos, abordan vehículos. Camino al hospital. Se acabaron las
emociones, por lo menos para mi persona. Otro día las veré entrando a su casa,
miraré a otra parte y me haré el desentendido, prefiero cierta distancia entre
vecinos. Tú no me reconocerás, pero no importa, no lo resentiré. Fue simple
casualidad… estar en casa ese día todavía alerta, dispuesto a forzar una puerta
en una casa extraña a esas horas.
Quizás
mañana termino ese video en Youtube.
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