Friday, June 1, 2012

Ideas Dispersas al Filo de las 12

I

Caminaba con parsimonia junto a mi padre entre los pasillos del súper. Esperábamos los dos a su mujer, quien deambulaba entre alguno de los tantos otros corredores buscando un sinnúmero de productos para su tiendita. De pronto aparecieron ante mi vista… no, no era ningún objeto extraordinario señor lector, sin embargo eran merecedores de toda mi atención, tan siquiera por unos breves segundos: jabones de bola para la pila.

Admito que tras doce años en los Yunais existe una serie de implementos cotidianos de esta tierra indómita que despiertan las más tiernas e inesperadas añoranzas. Generalmente en los momentos menos esperados. Así que ahí estaban, esos objetos de mis recuerdos infantiles-juveniles, ahora materializados en todo tipo de colores, listos para ser auscultados y corroborados con las distantes memorias.

Primera sorpresa, las marcas han cambiado. ¿Qué pasó con Jabón Pueblo? ¿Ya no existe? Si fueramos como los gringos, podría buscar en el inter y descubrir con todos sus pormenores los altibajos del producto y los tristes eventos que conllevaron a su desaparición. Pero bien, siendo que estamos en Centro América, que sólo vive del día a día y en que la Historia resulta ser un canal de TV importado, solamente me queda resignarme a la incógnita.

Segunda sorpresa, ahora los jabones vienen ‘aromatizados’. De Naranja, de Limón, de Manzanilla y Sábila. Joder… ahora no sé si lavar con ellos o comérmelos. ¿Qué efecto causa en la ropa? ¿Si lavará mis prendas con diferentes jabones, tendría olor a ensalada? Pantalones de limón, camisa de naranja, calzoncillos de sábila… menudo complejo de frutera. Desconozco que extrañas maquinaciones se han dado alrededor del mundo para que esta obsesión odorífica se haya propagado en casi todos los ámbitos de nuestras vidas. Pero hoy día es norma y supongo que me agrada ver los jabones de mis recuerdos todavía en existencia… con todo y sus pequeñas concesiones al exigente mercado globalizado de nuestros días.

II

Recuerdo claramente mi primer viaje como visitante al país, en diciembre de 1991. Entré por tierra desde Guatemala en bus, acompañado por mi mejor amigo y su madre. A medida que nos desplazábamos la nostalgia me sobrecogía y para horror de mis acompañantes, todo me parecía absolutamente hermoso. Desde la basura en la calle, a las casa de bahareque, a los niños descalzos, y hasta los buses expidiendo sus nefastas fumarolas. Particularmente recuerdo la imagen de los buses, con mi amigo exasperado ante mi añoranza. Ahí estaba yo concediéndoles a los buses un lugar de mérito en esta imagen que se me entretenía como ‘pintoresca’. Lo admito, una cosa era vivir con un recuerdo y otra muy diferente vivir con este.

Con este, serán ya diez los años que llevo de haber retornado. Aunque ahora me toca vivir con mi ‘recuerdo’ a diario, y sufro de las intoxicaciones del caso cada vez que olvido subir la ventana de mi auto, nunca olvido aquel momento de arrebato nostálgico. No intentaré justificarlo. ¿Cómo defender a esas cajas de la muerte? Ni pensarlo.

Sin embargo, sí considero que los salvadoreños pecamos de negativos y que si ‘coqueáramos’ el asunto, los buses no sólo serían una ‘marca de país’, sino también una importante fuente de ingresos. ¿No podríamos venderles a los extranjeros viajecitos en la 109, ruta Troncal del Norte, como ‘extreme sport’? ¿Y pasajes a suicidas potenciales en cualquiera de nuestras rutas más notorias: la asesina 101 o la decapitadora 38 por ejemplo? Las posibilidades son, honestamente, inagotables.

Por otro lado, recuerdo en los Yunais una campaña a manos de las plantas energéticas a base de carbón en donde alegaban que no necesitaban disminuir sus niveles de emisiones. Se defendían explicando que el dióxido de carbono era alimento para las plantas y que mientras más emitieran, más vegetación existiría. Ok… si tenían la caradura para decir semejantes ideas en el norte, ¿qué no podríamos alegar aquí? Con los niveles industriales que se expelen en nuestras calles día tras día, quizás con una buena campaña de reforestación hasta podríamos pedir fondos internacionales por retención de carbono en nuestro país. Después de todo, con nuestra flota de buses, en unos 5 años, plantando los arbolitos necesarios, y con la segura sobredosis de dióxido de carbono, nuestro territorio sería un vergel sólo equiparable al Amazonas. Compensaríamos por nuestras emisiones y hasta por las de países vecinos.

Como sea, cada vez que vea un bus en su decaído estado expidiendo CO2 como sólo ellos pueden, piénselo antes de quejarse; puede ser un recurso no aprovechado y puede que hasta algún helecho recubierto en hollín esté más que agradecido.

III

Pequeño anexo al tema de los buses. Admitámoslo, los salvadoreños somos cachimbones. Bien, quizás seamos algo violentos y a ratos malintencionados, y puede que no nos guste trabajar en conjunto, pero en realidad hay entre nosotros todo tipo de cualidades que son de admirar, todas ellas muy subvaloradas en el mercado liberal global.

Miremos a los buseros detenidamente. Si es cierto que tienen su mala fama por descorteses, irrespetuosos, y abusivos (y uno que otro accidente trágico), la mayoría de ellos son ejemplos notables del ‘multitasking’ que tanto alaban los nórdicos. Después de todo, hay que verlos en un día de trabajo; no sólo manejan, estos genios multidisciplinarios también se dedican a: monitorear llamadas en sus celulares, textear, cobrar el pasaje y dar cambio, piropear a las bichas, hacerle la compra ‘a la doña’, buscar la canción ‘de fondo’ en el MP3, recoger al bichito de la ‘otra’, putear a los conductores, saludar a sus cheros, vigiar los calzones de las bichas en el retrovisor, sobrellevar la goma, pagar la ‘renta’, cobrar la ‘renta’, etc. Todo esto, mientras conducen. Cualquier anglosajón fracasaría en tan siquiera intentar emular a uno de estos asombrosos talentos bípedos del mundo automotriz.

Así que, ante Uds. Señores buseros, me quito el sombrero respetuosamente (sin dejar de mirar a mi espalda, que si me descuido, me lleva uno de estos cabrones).

IV

Mientras curioseábamos en Youtube, no con poco estupor, mi chica y yo tomábamos un paseo virtual a través de un galante, pujante, y muy a la moda ‘bar de agua’ en la gran ciudad de Nueva Amsterdam (New York, para los que no prestan atención a esos pormenores históricos).

Trabajé en Los Angeles, coqueteando con Hollywood a lo lejos, y confieso que el tema de todo tipo de excesos no me es extraño. Para caprichos extraños, Hollywood da las más reconocidas cátedras. Que un bar en New York pueda subsistir vendiendo botellas de agua a $50 no me es del todo insólito. Para mi chica, hija de este terruño, en donde le duele soltar los dos dólares con veinte por la botella de Agua Cristal, el asunto era una burla absurda, una tomadura de pelo, un inaudito robo a mano armada con víctimas más que dispuestas a ser subyugadas para colmo.

Supongo que concuerdo; entre tantas necesidades, defender excesos es injustificable (pero para todos, secretamente, envidiables). ¿Botellas de agua de $50? ¿Sí, cuantas desea?... ¿Ajá, señor ejecutivo, no desea un fin de semana cazando codornices por $35,000 euros? ¿Para cuántos la reserva? ¿Ah, señor rey de España… qué tal una cacería de elefantes? Con todo gusto, aquí estamos para servirle.

Pero bien, nuevamente lo que percibo aquí son más oportunidades desperdiciadas. Después de todo miremos fijamente varios productos, de fama internacional, de mucho prestigio, de elevado costo y muy, muy preciados entre la gente de ‘éxito’:

El caviar: ¿Lo han probado? ¿A alguien le gusta? ¿Por qué tanta alharaca por unos huevos de pescado?

Los caracoles franceses: Ok, admito que me gustan… ¿Pero justifican tanta fama? ¿No tenemos también nosotros suficientes caracoles como para competir con ellos? ¿Si buscáramos con ahínco, no encontraríamos algún caracol cuzcatleco que fascine a los hijos de Rosseau?

El Blowfish: Este no sólo es costoso, sino que encima de eso, puede culminar en una lenta y dolorosa muerte. Esa sí que es una ‘sobadura’ mayor señores; encima de pagar por la cama, amanecer de pata estirada y retorcida en ella.

Sugiero por ende investigar el mercado de las aguas en nuestra nación para su exportación a precios desorbitantes. Primero, buscar un manantial natural prístino, alguno de los pocos que nos queden. ¿Qué no tenemos el cachét de las aguas tibetanas de $50? ¿Por qué no habríamos de tenerlo? ¿No tiene más mérito vender a alto costo la poca agua cristalina que todavía subsiste en un territorio altamente contaminado? O sea, después de todo, ¿Cuán difícil es extraer agua pura en el Tibet? No mucho, señores, no mucho. En realidad, el mérito de ellos es poco y el nuestro sería incalculable.

Y para los naturistas, ¿qué tal agua azufrada de nuestros volcanes? ¿Me preguntan, qué uso le darán los naturistas? Pues lo desconozco, pero algo se les ocurrirá. A esos entusiastas, con decirles que viene de la madre tierra, algún uso se esforzarán en hallarle.

Si ninguna de estas opciones funciona, siempre podemos considerar la opción ‘extreme’, distribuyendo aguas contaminadas del Sitio del Niño o el Acelhuate. Al final, todo es cuestión de ‘marketing’. Si los japoneses se han hecho famosos con un plato mortal de pescado, ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros con aguas del Acelhuate?

Es cuestión de ‘coquearlo’ señores, solamente.

PD: Favor manejar la información sobre las botellas ‘conneisseur’ lejos de los oídos de Mauricio. Ya no le bastarán las de marca Evian y nos tocará costearlas.