Wednesday, February 29, 2012

Roberto Edmundo Canessa

Uno de los aspectos más frustrantes en el análisis de las secuelas de la guerra en El Salvador es la falta de trasfondo a los antecedentes de esta y los actores involucrados. En el imaginario colectivo se habla del conflicto armado como si el descontento social hubiera surgido espontáneamente en el año 1979, agitado por ‘conspiradores internacionales’ o por ‘un sector del pueblo salvadoreño cansado de la represión militar’, dependiendo del punto de vista de quien hable. A veces, con suerte, se llega a mencionar de un ‘fraude electoral’ en 1972.

Un triste aspecto de nuestra realidad política actual es que se ha invisibilizado casi por completo el fracasado papel que jugaron diferentes actores moderados de centro, izquierda y derecha en consolidar la democracia tras la caída del régimen de Maximiliano Martínez en 1944. Fue la constante frustración de estos intentos, a través de conjuras y actos de fuerza, las que desembocaron en el colapso de la república con las catastróficas consecuencias que todos conocemos.

En el país a todos los actores políticos les gusta presentarse como redentores; “Mi partido y sus fundadores SON los defensores de la democracia!”, “Mi partido corrió sangre por las libertades que tenemos!”, se nos dice una y otra vez. Pero en estos discursos solamente tienen cabida los “héroes” de los sobrevivientes, de los ‘ganadores’ de la guerra. Han quedado fuera una serie de figuras muy relevantes que en su momento ganaron gran respeto internacional, que jugaron con las reglas del juego, con política hecha y derecha, y que pese a ello –o debido a ello- vieron bloqueados sus intentos.

Ha sido lo normal asociar a varios de estos nombres con el ‘comunismo’ como en el caso de Guillermo Ungo y José Napoleón Duarte, ambos de tendencia social demócrata. No es de extrañar que el régimen les achacara de ‘rojos’, en estas latitudes, socialismo, socialdemocracia y comunismo son lo mismo para los poderes de facto. Sin embargo, más perdido en los anales de la historia aparece un caso mucho más revelador sobre la intransigencia del régimen; el de Roberto Edmundo Canessa, caficultor de familia pudiente de occidente, canciller estrella de la administración del Cnel. Osorio, candidato presidencial de la oposición para las elecciones de 1955 y víctima de la represión del gobierno de José María Lemus.

Canessa, originario de Santiago de María, ganó notoriedad como presidente de la Asociación Cafetalera de El Salvador. Desde allí, promovió la creación de FEDECAME (Federación Cafetalera de Centroamérica y México), asociación de países productores del café surgida poco tiempo después de la segunda guerra mundial. A través de FEDECAME, Canessa negocia para obtener un precio ‘real’ para el grano oro en el mercado mundial, gestiones que le ganaron no poca animosidad con los Estados Unidos. Tras sus esfuerzos, el valor del café se fue elevando progresivamente, no sin recibir el esperado renegar de los norteamericanos. Tras entrevista con Canessa La Prensa Gráfica, enero 31, 1954, resumía: “niega que el alza de precios se deba a especulaciones bursátiles y dice que si los norteamericanos desean pagar menos por una taza de café, los países latinoamericanos productores de esos artículos también desean pagar menos por los automóviles, refrigeradoras y otras mercancías de Estados Unidos”.

Tras esto, la vida del hombre ascendió rápidamente tanto en el ámbito internacional como el nacional: durante la administración del Cnel. Osorio fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores y de Justicia y junto con el canciller de Guatemala impulsó la conformación de la ODECA (hoy en día SICA), promovió y firmó el tratado de libre comercio con Nicaragua, intervino en pro del asilo del perseguido político Víctor Raúl de la Haya (tensando las relaciones con Perú) y promovió la creación de una Corte Interamericana de Justicia (para aquellos con-nacionales que tienen procesos abiertos en la corte y se quejan de esta hoy en día, que sepan que fue propuesta inicial de nuestra nación), como Ministro de Justicia intentó mejorar las condiciones de los centros penales, intentado resolver los problemas de indisciplina y mejorar las condiciones de alimentación y salud.

Misteriosamente –y estas serán dudas imposibles de aclarar ya que los actores han desaparecido-  a pesar de que la gestión del Canciller poseía amplio respaldo continental su relación con el régimen se enfrío progresivamente. Aquí damos inicio nuevamente al típico escenario de recelos e intereses mezquinos inescrutables que se han dado en nuestra nación por siglos. Canessa renuncia y funda el Partido de Acción Nacional -PAN. Osorio, otrora su protector, se convierte en acérrimo enemigo, calificándolo de comunista y poniendo al régimen en su contra. Por otro lado, otros sectores lo acusan de ‘pro-yanqui’ y fascista.

Automáticamente, el  PAN parece obtener amplio apoyo de bases populares, su campaña recibe buena cobertura mediática y recorren buena parte del país congregando populosos mítines (Canessa es un ‘darling’ de los medios gracias a su labor como canciller. Altamirano, fundador del Diario de Hoy parece ser gran admirador suyo). En San Miguel se habla de que hubo ‘un río humano del Panteón a la Catedral’, otro gran mitín en Santa Ana. El régimen intenta frenar sus aspiraciones; en Ahuachapán la energía eléctrica es misteriosamente desconectada en la plaza durante su discurso, en Jiquilisco su comitiva es atacada, con varios correligionarios heridos y presos por varios días.

Otros 4 partidos opositores, PAR, PDN, PDC y PAC deciden apoyar al PAN y apuestan por la coalición. El gobierno de Osorio decide que no se las va a jugar, a través del Concejo Central de Elecciones rechazan la candidatura presidencial de Canessa alegando que la partida de nacimiento de este presentaba ‘irregularidades’. Solamente al PAR y al PAC se les permite continuar en la contienda y aún estos se retiran pocos días antes de los comicios. Estos tienen lugar con el candidato oficial, José María Lemus, siendo el único ‘participante’. Obtiene –sin sorprender mucho- el 95% de los votos a su favor.

El desaire político parece haber calado hondo en Canessa. Este cae en semi retiro, participando poco en el ámbito en los años siguientes. En su lugar intenta reactivar su vida como empresario. Aún así, pocos años después, durante las revueltas estudiantiles en contra de la presidencia de Lemus http://www.laprensagrafica.com/opinion/editorial/149577-octubre-de-1960-golpe-de-estado.html, se ordena –inexplicablemente- la captura de Canessa. Es golpeado brutalmente en las bartolinas de la Policía Nacional, sufriendo varias contusiones en el cuerpo. Tras ciertas mediaciones, consigue ser refugiado en Guatemala. Pocos días después, Lemus es depuesto y su seguridad garantizada.

“CALIDO RECIBIMIENTO (La Prensa Gráfica, 31 Oct. 1960) – Objeto de cálido recibimiento por centenares de partidarios fue el ex candidato presidencial Roberto E. Canessa quien volvió el sábado a las cuatro de la tarde de Guatemala, donde estuvo refugiado después de los vejámenes que sufrió en la Policía, a raíz de los acontecimientos políticos que culminaron con la caída de José María Lemus. Los ciudadanos saltaron la valla del Aeropuerto y bajaron en hombros a Canessa, desde la portezuela del avión hasta conducirlo a su auto en medio de vivas y aplausos.”

Sin embargo la suerte estaba echada, la salud del ex Canciller siguió deplorando. Cuatro meses después moriría en la ciudad de New Orleáns a los 43 años.

Tuesday, February 14, 2012

Cuzcatlán

El texto a continuación es del poeta y periodista Santaneco Serafín Quiteño. Lo encontré mientras revisaba casualmente una vieja edición de Lecturas Nacionales. Lo comparto con Uds. por este medio, podrán ver que varios de sus planteamientos resultan todavía -tristemente- relevantes. 


CUZCATLAN
(Fragmento de una conferencia dictada en la Escuela Nacional de Maestros de Santa Ana en 1934)

A poco que ahondemos en la causa de nuestros males, advertimos que ellos obedecen a nuestra poca afirmación en la vida. Y no nos afirmamos porque padecemos pereza de pensar. Hay un complejo en el hombre que lo hace esperar todo ya hecho. Imagina que hay otros obligados a darle el conocimiento; a hacerle el camino; a traer la verdad y la felicidad con objetos tangibles, sin fijarse que todo lo que el hombre tiene lo ha creado él mismo y no tiene sino lo que ha sido capaz de crear.

Así, lo mismo que ocurrre en el individuo, ocurre en los pueblos. Nosotros, para el caso, somos Cuzcatlán. Pero nosotros no tenemos a Cuzcatlán, por la sencilla razón de que no lo hemos descubierto. Sabemos de El Salvador, con sus leyes, su bandera, su figura muerta en el mapa, sus problemas domésticos; pero en el fondo no sentimos la tierra, esa conexión del hombre con su realidad externa. Hasta hoy no ha habido una conciencia que se incorpore y pregunte: Qué somos, qué anhelamos, cuál es nuestro destino? No tenemos carácter propio y vivimos de prestado, ensayando por ver si resulta. Y es que nos desconocemos casi totalmente. Hemos andado buscando el alma nuestra en las enciclopedias y en las guías de turismo de la cultura importada.

Ese desconocimiento del medio que no es en esencia sino desconocimiento de nosotros mismos, nos obliga, a dar traspiés en todos los órdenes de actvidad. Carecemos de seguridad en nuestros actos. Y es que en el fondo ignoramos totalmente la razón de nuestros anhelos.

Es necesario que surja el artista que sea expresión de ese anhelo, para que de él se aprovechen los demás. Es necesario que esa sed de conocimientos venga como una profecía en los labios del hombre; para que ésta descubra el agua y la tome.

Expresar Cuzcatlán es lo que necesitamos para que se nos dé entero. Esa es la misión del artista, porque él es la voz de las cosas calladas y el oído del sordo y el ojo del ciego.

A propósito, me decían la vez pasada dos amigos jóvenes: Dónde vamos a aprender esa expresión?

Y yo les respondí esto: esa expresión no se aprende sino que se descubre, Cuzcatlán es un libro por editarse. Anda suelto por los caminos y corre por los ríos. Es hondo misticismo en los balsamares y canto pagano en los maizales.

Nos habla desde los ojos tristes del indio, cuya ternura rota aún no hemos podido sentir. Está en las playas que arden y en los ojos de agua que lloran. Se ha quedado en los pueblos, esperando nuestro retorno, desde la hierba que crece en los aleros y las iglesias que sueñan la Colonia. Y está en nosotros cada vez que tenemos el valor de ser sinceros y enseñarnos tal como somos.

Este desconocimiento del ambiente nos hace pensar en el alma de las cosas, que se revela en la conciencia, cuando el hombre hace una cosa sencillísima, pero al mismo tiempo difícil, como es VER.

Viendo, el hombre agudiza sus sentidos y su comprensión y entonces ya no anda desprevenido, sino alerta. Las cosas se le vuelven una vez. En cada manifestación de vida él advierte un misterio, un algo así como un clamor que lo llama a la comprensión de una nueva verdad...

Cuzcatlán es para nosotros un algo desconocido. PORQUE AUN NO LO HEMOS visto. Cuzcatlán pequeñito, tibio, doméstico es un tesoro inmenso pero está contenido en una lágrima de ternura. Aprendamos a llorar esa lágrima, a sentir ese canto, y todo él se nos dará en gozo de amor lejano y olvidado.

No sabría decirles si se ama porque se comprende o se comprende porque se ha amado mucho, pero lo cierto es que no amamos ni comprendemos el milagro de Cuzcatlán. En realidad lo que nos falta no es haber leído libros, sino corazón. Por eso no tenemos AMOR. Dónde hemos de encontrarlo si la fuente está seca y andamos inquiriéndolo afuera? Qué corazón le podríamos poner al mundo si aún no hemos sembrado esa semilla roja en nuestra propia entraña?

Sólo hay, amigos míos, un camino para poseer eternamente las cosas: amarlas  con el más alto amor, aquél que no pide, sino que da; aquél que se basta a sí mismo porque él es ya en sí una dicha sin medida.

Mientras busquemos a Cuzcatlán por otros caminos que no sean los de sentirlo hondamente, ahí estará como un tesoro guardado sólo para los pájaros y las bestias.

Unos lo cantarán bajo el gozo de sus mañanas infinitas. Los otros andarán ciegos viendo el suelo, recogiendo sus desperdicios, pero sin saber que Cuzcatlán es una maravilla sin límites. Una maravilla reservada al HOMBRE, cuando el hombre sea capaz de subir hasta ella.

Así, cuando el hombre haya encontrado su verdadero calor humano, se lo pondrá a su tierra. Cuando se lo haya puesto a su tierra, se lo podrá infundir al mundo. Y hasta entonces habremos hallado el camino de la felicidad. Por ahora, es el artista el llamado a romper las venas sobre el surco oscuro y a desbocarse como un potro para auspiciar el advenimiento de las espigas.

Friday, February 10, 2012

Catedral - de un día a otro (en realidad dos días)

El siguiente texto fue redactado a inicios de enero, recién ocurridos los hechos de la destrucción del mural de Llort. Lo presento tal y como lo dejé en aquella ocasión a pesar de las semanas ya pasadas. Espero en alguna manera -a pesar de este tardío post- mantener con vida el tema.

Me encontraba recién de regreso en San Salvador este pasado 31 de diciembre tras varios días de vacación en la vecina Guatemala. Nada como un cambio de aires para abandonar nuestra tragicomedia por unos días (sí, visitaba otra, lo sé). Entre la llegada, el desempacar y los planes que hacíamos para despedir el año, me vengo a enterar que unos pocos días antes el mural de Catedral había sido removido… A mazo y cincel, reventado en miles de fragmentos ahora irreconocibles. No bien había aterrizado del todo y esta noticia me da la bienvenida, embargando mi espíritu con una incredulidad y estupefacción a la que todavía no doy crédito: conozco la noticia, he visto las imágenes, pero todavía no encaja en mi mente que semejante acto de brutalidad ha tomado lugar.

Que nuestra sociedad tenga que entrar en una discusión de este tipo a estas alturas resulta ser tanto lamentable como ridículo. Que una decisión unilateral de tal envergadura –y en verdad insultante- haya tomado lugar sin mayor medición de la opinión del público borda en lo surreal, especialmente si tenemos en cuenta que dicha acción ha ocurrido en un edificio que siempre ha estado en la mirilla de la opinión pública, rodeado de controversias una y otra vez.

Las implicaciones de esto son varias; tiene repercusiones en el ámbito artístico-cultural, el jurídico y el ciudadano. Desdice mucho (y dice mucho) de lo que somos como sociedad y de lo que representa el frágil y endeble estado de derecho en el que supuestamente vivimos. En general el evento ha sido un insulto público y un terrible ejemplo sobre la poca importancia que se le da al patrimonio cultural. Que este acto haya  sido ejecutado por un ente supuestamente ‘educado’ como lo es la Iglesia Católica raya en lo cínico.

Empecemos con las implicaciones artístico-culturales; se ha destruido la obra de un artista nacional reconocido a nivel nacional e internacional. Hay quienes han objetado el gusto de la obra y su ubicación por años; ese no es el punto en este momento: el arte siempre es subjetivo. Que la obra de Llort se ha vuelto omnipresente es cierto, y esto inevitablemente conlleva recelos, cuestionamientos y resentimientos. “Porqué hemos de preservar cada obra que ha creado este señor?” dirán algunos. Pero quizás ese es precisamente el punto; si ha sido demolido el trabajo de un artista que desarrolló un estilo que hoy día es tan representativo del país, qué se puede esperar para artistas menos conocidos? Si ni siquiera Llort es salvaguardado, qué de todos aquellos cuyos nombres no resuenan en el imaginario colectivo? En un territorio en donde la naturaleza nos priva constantemente de nuestro acervo cultural con sus cataclismos, no debemos como sociedad hacer todo lo posible por conservar lo que está en nuestras manos proteger? Si encima de la voluntad impredecible de la naturaleza no tenemos la inteligencia, ni la disposición de tomar esfuerzos para dejarles un legado cultural a las futuras generaciones, seremos siempre una nación sin historia? Sin sentido de origen ni procedencia?

Entiendo que en su momento en los años 90 el proyecto fue presentado al público y apoyado por este (se donaban fondos para cada pieza del mosaico). Cualquier cuestionamiento sobre la obra debería haberse ventilado en aquel momento. Que la Catedral sufre de una esquizofrenia arquitectónica es cierto. Que la obra quizás no era apropiada para una catedral es discutible, pero siempre hay opciones aparte de la destrucción: la remoción sistematizada, su reubicación a través de un proceso de ingeniería. Independientemente de mi opinión sobre el mural, este era el único elemento verdaderamente distintivo en una estructura que es por lo general anónima y carente de estilo.

Sumamente irónico ha resultado ser que el proceso de construcción fue un evento de involucramiento ciudadano mientras que su destrucción ha sido tratada con un hermetismo que borda en malicia. Aún con las pírricas disculpas y tristes explicaciones que la Iglesia ha brindado, han mantenido silencio sobre las intenciones de remodelación, sobre los cambios que pretenden desarrollar con el edificio.

Entramos ahora en los ámbitos jurídicos y ciudadanos. Qué consecuencias tiene esto en nuestro día a día para el ciudadano promedio? Pocas pensarán muchos, entre preocupaciones que les son más apremiantes. Pero examinemos detenidamente el asunto: una entidad reconocida de amplia influencia en la sociedad salvadoreña –la Iglesia- ha violado varias regulaciones, saltado leyes y disposiciones jurídicas para realizar la obra que ellos desean en un espacio urbano de por sí caótico. Dónde queda su discurso –dominical por radio y TV- de que hay que dialogar, apoyar la democracia, llegar a consensos, de que debemos acabar con la impunidad y la violencia?

Otros dirán “Porqué si el edificio pertenece a la Iglesia, no puede esta hacer lo que ella desee con él? No es lo que le pertenece a uno de uno para hacer con este lo que uno quiera?” La respuesta es sí y no. Y es aquí donde nuestra concepción democrática resulta tan pobre, el mal entendido concepto de ‘libertad’. “Libertad” no es para hacer cualquier cosa que le venga en gana al ciudadano; son libertades civiles con obligaciones y derechos estipulados en la constitución y en nuestras leyes. El edificio será de la Iglesia, pero este debe regirse bajo las varias ordenanzas y leyes que el régimen jurídico establece. Si la iglesia no respeta esas disposiciones, qué ejemplo da al ciudadano promedio?

Entendamos también que Catedral es un elemento clave en el imaginario colectivo urbano. Nuestros señores de la Iglesia han viajado alrededor del mundo, visitado Roma y el Vaticano y bien saben –tras esas visitas- que en las ciudades existen espacios y edificios públicos que están sujetos a satisfacer las exigencias estéticas y urbanas de la ciudadanía. Que existen entes reguladores que estudian y analizan cualquier cambio a ejecutarse en un edificio o espacio público prominente y que estos cambios tienen que ser acordes a las necesidades y gustos de la ciudadanía (en nuestra San Salvador tal ente desapareció a inicios de los 70, a su defecto, contamos con Alcaldía y Secultura).

Cuán importante es el ordenamiento, el consenso, las decisiones especializas en nuestros espacios y edificios públicos? Lo son sumamente. Cada vez que nos desplazamos por San Salvador y vemos sus caóticas calles, sus estrechas avenidas, sus peculiares y confusas intersecciones, muchas han sido el resultado de procesos no regulados durante los últimos 30 años. Es esto lo que deseamos? Deseamos más ejemplos de acciones unilaterales que afectan el sentir del colectivo? Si el proceso de pedir permisos y consultas públicas puede sonar engorroso, lo es. La democracia no es lineal ni pronta ni infalible. Aquellos que tienen bajo su cuidado estos bienes materiales tienen que acarrear toda la responsabilidad que esto implica. Comunicar sus planes es el mínimo que pueden hacer. Para aquellos que nos interesan estos temas, nos permite sentirnos parte, dar opinión y sentir que nuestras aspiraciones de la ciudad que deseamos no han sido risiblemente burladas.

En general todo este evento refleja las pobres concepciones democráticas que tienen nuestras instituciones. Por un lado tenemos a una Iglesia que nos dice “no sabíamos de esas regulaciones ni de el proceso para declarar el mural patrimonio”. Absurdo, dado el nivel de educación que supuestamente tienen y dado los países que han visitado y círculos en que se desenvuelven. Semanalmente nos dan su opinión sobre política, economía y sociedad y ahora nos dicen que ni siquiera conocen las leyes que rigen las propiedades bajo sus cuidados. Por otro lado nos predican y dan el mensaje de ‘democracia’ y ‘transparencia’ y son incapaces de ponerlos en práctica. Ruegan para que acabe la impunidad en nuestro país y ahora que ellos han quebrantado la ley y los procesos le piden al gobierno que por favor no los procesen, autoexcluyéndose de esa supuesta súplica para que acabe la impunidad. Por último imponen sus acciones a la ciudadanía, destruyendo la obra de un artista en una forma que solamente puede definirse como violenta; puesto que han impuesto su voluntad sobre la de otros. Resumiendo, las acciones dadas reflejan la eterna confusión de esta nación que transita entre ideales importados: se habla de la democracia, de la transparencia y del consenso –estructurados bajo modelos europeos- pero no existe la verdadera voluntad de adoptar los procesos que conllevan a esos resultados.

Desdice mucho de nuestro supuesto estado de derecho estos recientes acontecimientos, cosa que no es sorpresa para nadie. Una entidad supuestamente entendida y respetable actuando arbitrariamente saltando las trabas legales que en papel existen. Un estado lento, débil e ineficiente que no podrá hacer mayor cosa al respecto gracias a gobiernos centrales y legisladores que simplemente se han dedicado a crear leyes de redacción confusa, siendo impracticables e inaplicables y cuyo único objetivo es que la ley sea eso: inaplicable e impracticable (después de todo, el objetivo de esas leyes suele ser el de obstaculizar el trabajo del gobierno de turno o del partido de oposición). Y aún así, si la ley existe y por accidente tiene atisbos de ser aplicable nuevamente conspiran el gobierno central y legisladores; rehusándose a depurar el sistema judicial, un sistema judicial que si apenas condena actos que atentan contra la integridad física de los ciudadanos, mucho menos lo harán con actos que atentan contra el intelecto y la cultura.

En los días antes de mi viaje a Guate, observaba la capital desde el volcán. Podía vislumbrar sus monótonas estructuras, sus aburridos edificios, con la silueta de los cerros y montañas como principal trasfondo brindándole identidad a la ciudad. Entre todo ese patrón de “cajitas anónimas” asomaba Catedral con sus peculiares torres de patrón zigzagueante amarillo-azul. “Al menos reconozco esa catedral a kilómetros de distancia…” es de lo poco reconocible en la ciudad… Una marca de identidad que dice: San Salvador. Una marca que supongo pronto desaparecerá y para la cual ni siquiera se me avisó. Para la cual no pude prepararme mentalmente. Una decisión disparatada, que me hace burla como supuesto ciudadano que soy. Una decisión que como en muchas otras ocasiones –lo más seguro- pasará a la historia sin consecuencias, sin multas ni castigos ni reivindicaciones para el intelecto y el sentir humano.