El siguiente texto fue redactado a inicios de enero, recién ocurridos los hechos de la destrucción del mural de Llort. Lo presento tal y como lo dejé en aquella ocasión a pesar de las semanas ya pasadas. Espero en alguna manera -a pesar de este tardío post- mantener con vida el tema.
Me encontraba recién de regreso en San Salvador este pasado 31 de diciembre tras varios días de vacación en la vecina Guatemala. Nada como un cambio de aires para abandonar nuestra tragicomedia por unos días (sí, visitaba otra, lo sé). Entre la llegada, el desempacar y los planes que hacíamos para despedir el año, me vengo a enterar que unos pocos días antes el mural de Catedral había sido removido… A mazo y cincel, reventado en miles de fragmentos ahora irreconocibles. No bien había aterrizado del todo y esta noticia me da la bienvenida, embargando mi espíritu con una incredulidad y estupefacción a la que todavía no doy crédito: conozco la noticia, he visto las imágenes, pero todavía no encaja en mi mente que semejante acto de brutalidad ha tomado lugar.
Que nuestra sociedad tenga que entrar en una discusión de este tipo a estas alturas resulta ser tanto lamentable como ridículo. Que una decisión unilateral de tal envergadura –y en verdad insultante- haya tomado lugar sin mayor medición de la opinión del público borda en lo surreal, especialmente si tenemos en cuenta que dicha acción ha ocurrido en un edificio que siempre ha estado en la mirilla de la opinión pública, rodeado de controversias una y otra vez.
Las implicaciones de esto son varias; tiene repercusiones en el ámbito artístico-cultural, el jurídico y el ciudadano. Desdice mucho (y dice mucho) de lo que somos como sociedad y de lo que representa el frágil y endeble estado de derecho en el que supuestamente vivimos. En general el evento ha sido un insulto público y un terrible ejemplo sobre la poca importancia que se le da al patrimonio cultural. Que este acto haya sido ejecutado por un ente supuestamente ‘educado’ como lo es la Iglesia Católica raya en lo cínico.
Empecemos con las implicaciones artístico-culturales; se ha destruido la obra de un artista nacional reconocido a nivel nacional e internacional. Hay quienes han objetado el gusto de la obra y su ubicación por años; ese no es el punto en este momento: el arte siempre es subjetivo. Que la obra de Llort se ha vuelto omnipresente es cierto, y esto inevitablemente conlleva recelos, cuestionamientos y resentimientos. “Porqué hemos de preservar cada obra que ha creado este señor?” dirán algunos. Pero quizás ese es precisamente el punto; si ha sido demolido el trabajo de un artista que desarrolló un estilo que hoy día es tan representativo del país, qué se puede esperar para artistas menos conocidos? Si ni siquiera Llort es salvaguardado, qué de todos aquellos cuyos nombres no resuenan en el imaginario colectivo? En un territorio en donde la naturaleza nos priva constantemente de nuestro acervo cultural con sus cataclismos, no debemos como sociedad hacer todo lo posible por conservar lo que está en nuestras manos proteger? Si encima de la voluntad impredecible de la naturaleza no tenemos la inteligencia, ni la disposición de tomar esfuerzos para dejarles un legado cultural a las futuras generaciones, seremos siempre una nación sin historia? Sin sentido de origen ni procedencia?
Entiendo que en su momento en los años 90 el proyecto fue presentado al público y apoyado por este (se donaban fondos para cada pieza del mosaico). Cualquier cuestionamiento sobre la obra debería haberse ventilado en aquel momento. Que la Catedral sufre de una esquizofrenia arquitectónica es cierto. Que la obra quizás no era apropiada para una catedral es discutible, pero siempre hay opciones aparte de la destrucción: la remoción sistematizada, su reubicación a través de un proceso de ingeniería. Independientemente de mi opinión sobre el mural, este era el único elemento verdaderamente distintivo en una estructura que es por lo general anónima y carente de estilo.
Sumamente irónico ha resultado ser que el proceso de construcción fue un evento de involucramiento ciudadano mientras que su destrucción ha sido tratada con un hermetismo que borda en malicia. Aún con las pírricas disculpas y tristes explicaciones que la Iglesia ha brindado, han mantenido silencio sobre las intenciones de remodelación, sobre los cambios que pretenden desarrollar con el edificio.
Entramos ahora en los ámbitos jurídicos y ciudadanos. Qué consecuencias tiene esto en nuestro día a día para el ciudadano promedio? Pocas pensarán muchos, entre preocupaciones que les son más apremiantes. Pero examinemos detenidamente el asunto: una entidad reconocida de amplia influencia en la sociedad salvadoreña –la Iglesia- ha violado varias regulaciones, saltado leyes y disposiciones jurídicas para realizar la obra que ellos desean en un espacio urbano de por sí caótico. Dónde queda su discurso –dominical por radio y TV- de que hay que dialogar, apoyar la democracia, llegar a consensos, de que debemos acabar con la impunidad y la violencia?
Otros dirán “Porqué si el edificio pertenece a la Iglesia, no puede esta hacer lo que ella desee con él? No es lo que le pertenece a uno de uno para hacer con este lo que uno quiera?” La respuesta es sí y no. Y es aquí donde nuestra concepción democrática resulta tan pobre, el mal entendido concepto de ‘libertad’. “Libertad” no es para hacer cualquier cosa que le venga en gana al ciudadano; son libertades civiles con obligaciones y derechos estipulados en la constitución y en nuestras leyes. El edificio será de la Iglesia, pero este debe regirse bajo las varias ordenanzas y leyes que el régimen jurídico establece. Si la iglesia no respeta esas disposiciones, qué ejemplo da al ciudadano promedio?
Entendamos también que Catedral es un elemento clave en el imaginario colectivo urbano. Nuestros señores de la Iglesia han viajado alrededor del mundo, visitado Roma y el Vaticano y bien saben –tras esas visitas- que en las ciudades existen espacios y edificios públicos que están sujetos a satisfacer las exigencias estéticas y urbanas de la ciudadanía. Que existen entes reguladores que estudian y analizan cualquier cambio a ejecutarse en un edificio o espacio público prominente y que estos cambios tienen que ser acordes a las necesidades y gustos de la ciudadanía (en nuestra San Salvador tal ente desapareció a inicios de los 70, a su defecto, contamos con Alcaldía y Secultura).
Cuán importante es el ordenamiento, el consenso, las decisiones especializas en nuestros espacios y edificios públicos? Lo son sumamente. Cada vez que nos desplazamos por San Salvador y vemos sus caóticas calles, sus estrechas avenidas, sus peculiares y confusas intersecciones, muchas han sido el resultado de procesos no regulados durante los últimos 30 años. Es esto lo que deseamos? Deseamos más ejemplos de acciones unilaterales que afectan el sentir del colectivo? Si el proceso de pedir permisos y consultas públicas puede sonar engorroso, lo es. La democracia no es lineal ni pronta ni infalible. Aquellos que tienen bajo su cuidado estos bienes materiales tienen que acarrear toda la responsabilidad que esto implica. Comunicar sus planes es el mínimo que pueden hacer. Para aquellos que nos interesan estos temas, nos permite sentirnos parte, dar opinión y sentir que nuestras aspiraciones de la ciudad que deseamos no han sido risiblemente burladas.
En general todo este evento refleja las pobres concepciones democráticas que tienen nuestras instituciones. Por un lado tenemos a una Iglesia que nos dice “no sabíamos de esas regulaciones ni de el proceso para declarar el mural patrimonio”. Absurdo, dado el nivel de educación que supuestamente tienen y dado los países que han visitado y círculos en que se desenvuelven. Semanalmente nos dan su opinión sobre política, economía y sociedad y ahora nos dicen que ni siquiera conocen las leyes que rigen las propiedades bajo sus cuidados. Por otro lado nos predican y dan el mensaje de ‘democracia’ y ‘transparencia’ y son incapaces de ponerlos en práctica. Ruegan para que acabe la impunidad en nuestro país y ahora que ellos han quebrantado la ley y los procesos le piden al gobierno que por favor no los procesen, autoexcluyéndose de esa supuesta súplica para que acabe la impunidad. Por último imponen sus acciones a la ciudadanía, destruyendo la obra de un artista en una forma que solamente puede definirse como violenta; puesto que han impuesto su voluntad sobre la de otros. Resumiendo, las acciones dadas reflejan la eterna confusión de esta nación que transita entre ideales importados: se habla de la democracia, de la transparencia y del consenso –estructurados bajo modelos europeos- pero no existe la verdadera voluntad de adoptar los procesos que conllevan a esos resultados.
Desdice mucho de nuestro supuesto estado de derecho estos recientes acontecimientos, cosa que no es sorpresa para nadie. Una entidad supuestamente entendida y respetable actuando arbitrariamente saltando las trabas legales que en papel existen. Un estado lento, débil e ineficiente que no podrá hacer mayor cosa al respecto gracias a gobiernos centrales y legisladores que simplemente se han dedicado a crear leyes de redacción confusa, siendo impracticables e inaplicables y cuyo único objetivo es que la ley sea eso: inaplicable e impracticable (después de todo, el objetivo de esas leyes suele ser el de obstaculizar el trabajo del gobierno de turno o del partido de oposición). Y aún así, si la ley existe y por accidente tiene atisbos de ser aplicable nuevamente conspiran el gobierno central y legisladores; rehusándose a depurar el sistema judicial, un sistema judicial que si apenas condena actos que atentan contra la integridad física de los ciudadanos, mucho menos lo harán con actos que atentan contra el intelecto y la cultura.
En los días antes de mi viaje a Guate, observaba la capital desde el volcán. Podía vislumbrar sus monótonas estructuras, sus aburridos edificios, con la silueta de los cerros y montañas como principal trasfondo brindándole identidad a la ciudad. Entre todo ese patrón de “cajitas anónimas” asomaba Catedral con sus peculiares torres de patrón zigzagueante amarillo-azul. “Al menos reconozco esa catedral a kilómetros de distancia…” es de lo poco reconocible en la ciudad… Una marca de identidad que dice: San Salvador. Una marca que supongo pronto desaparecerá y para la cual ni siquiera se me avisó. Para la cual no pude prepararme mentalmente. Una decisión disparatada, que me hace burla como supuesto ciudadano que soy. Una decisión que como en muchas otras ocasiones –lo más seguro- pasará a la historia sin consecuencias, sin multas ni castigos ni reivindicaciones para el intelecto y el sentir humano.
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