Tuesday, February 14, 2012

Cuzcatlán

El texto a continuación es del poeta y periodista Santaneco Serafín Quiteño. Lo encontré mientras revisaba casualmente una vieja edición de Lecturas Nacionales. Lo comparto con Uds. por este medio, podrán ver que varios de sus planteamientos resultan todavía -tristemente- relevantes. 


CUZCATLAN
(Fragmento de una conferencia dictada en la Escuela Nacional de Maestros de Santa Ana en 1934)

A poco que ahondemos en la causa de nuestros males, advertimos que ellos obedecen a nuestra poca afirmación en la vida. Y no nos afirmamos porque padecemos pereza de pensar. Hay un complejo en el hombre que lo hace esperar todo ya hecho. Imagina que hay otros obligados a darle el conocimiento; a hacerle el camino; a traer la verdad y la felicidad con objetos tangibles, sin fijarse que todo lo que el hombre tiene lo ha creado él mismo y no tiene sino lo que ha sido capaz de crear.

Así, lo mismo que ocurrre en el individuo, ocurre en los pueblos. Nosotros, para el caso, somos Cuzcatlán. Pero nosotros no tenemos a Cuzcatlán, por la sencilla razón de que no lo hemos descubierto. Sabemos de El Salvador, con sus leyes, su bandera, su figura muerta en el mapa, sus problemas domésticos; pero en el fondo no sentimos la tierra, esa conexión del hombre con su realidad externa. Hasta hoy no ha habido una conciencia que se incorpore y pregunte: Qué somos, qué anhelamos, cuál es nuestro destino? No tenemos carácter propio y vivimos de prestado, ensayando por ver si resulta. Y es que nos desconocemos casi totalmente. Hemos andado buscando el alma nuestra en las enciclopedias y en las guías de turismo de la cultura importada.

Ese desconocimiento del medio que no es en esencia sino desconocimiento de nosotros mismos, nos obliga, a dar traspiés en todos los órdenes de actvidad. Carecemos de seguridad en nuestros actos. Y es que en el fondo ignoramos totalmente la razón de nuestros anhelos.

Es necesario que surja el artista que sea expresión de ese anhelo, para que de él se aprovechen los demás. Es necesario que esa sed de conocimientos venga como una profecía en los labios del hombre; para que ésta descubra el agua y la tome.

Expresar Cuzcatlán es lo que necesitamos para que se nos dé entero. Esa es la misión del artista, porque él es la voz de las cosas calladas y el oído del sordo y el ojo del ciego.

A propósito, me decían la vez pasada dos amigos jóvenes: Dónde vamos a aprender esa expresión?

Y yo les respondí esto: esa expresión no se aprende sino que se descubre, Cuzcatlán es un libro por editarse. Anda suelto por los caminos y corre por los ríos. Es hondo misticismo en los balsamares y canto pagano en los maizales.

Nos habla desde los ojos tristes del indio, cuya ternura rota aún no hemos podido sentir. Está en las playas que arden y en los ojos de agua que lloran. Se ha quedado en los pueblos, esperando nuestro retorno, desde la hierba que crece en los aleros y las iglesias que sueñan la Colonia. Y está en nosotros cada vez que tenemos el valor de ser sinceros y enseñarnos tal como somos.

Este desconocimiento del ambiente nos hace pensar en el alma de las cosas, que se revela en la conciencia, cuando el hombre hace una cosa sencillísima, pero al mismo tiempo difícil, como es VER.

Viendo, el hombre agudiza sus sentidos y su comprensión y entonces ya no anda desprevenido, sino alerta. Las cosas se le vuelven una vez. En cada manifestación de vida él advierte un misterio, un algo así como un clamor que lo llama a la comprensión de una nueva verdad...

Cuzcatlán es para nosotros un algo desconocido. PORQUE AUN NO LO HEMOS visto. Cuzcatlán pequeñito, tibio, doméstico es un tesoro inmenso pero está contenido en una lágrima de ternura. Aprendamos a llorar esa lágrima, a sentir ese canto, y todo él se nos dará en gozo de amor lejano y olvidado.

No sabría decirles si se ama porque se comprende o se comprende porque se ha amado mucho, pero lo cierto es que no amamos ni comprendemos el milagro de Cuzcatlán. En realidad lo que nos falta no es haber leído libros, sino corazón. Por eso no tenemos AMOR. Dónde hemos de encontrarlo si la fuente está seca y andamos inquiriéndolo afuera? Qué corazón le podríamos poner al mundo si aún no hemos sembrado esa semilla roja en nuestra propia entraña?

Sólo hay, amigos míos, un camino para poseer eternamente las cosas: amarlas  con el más alto amor, aquél que no pide, sino que da; aquél que se basta a sí mismo porque él es ya en sí una dicha sin medida.

Mientras busquemos a Cuzcatlán por otros caminos que no sean los de sentirlo hondamente, ahí estará como un tesoro guardado sólo para los pájaros y las bestias.

Unos lo cantarán bajo el gozo de sus mañanas infinitas. Los otros andarán ciegos viendo el suelo, recogiendo sus desperdicios, pero sin saber que Cuzcatlán es una maravilla sin límites. Una maravilla reservada al HOMBRE, cuando el hombre sea capaz de subir hasta ella.

Así, cuando el hombre haya encontrado su verdadero calor humano, se lo pondrá a su tierra. Cuando se lo haya puesto a su tierra, se lo podrá infundir al mundo. Y hasta entonces habremos hallado el camino de la felicidad. Por ahora, es el artista el llamado a romper las venas sobre el surco oscuro y a desbocarse como un potro para auspiciar el advenimiento de las espigas.

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