Sunday, September 23, 2012

Rescate Nocturno


“Alguna otra ventana tengo que tener abierta…” me dije, tratando de ubicar el extraño sonido que escuchaba mientras veia videos en internet.

Alguna otra página, otra ventana en el ‘browser’ tenía que estar emitiendo ese sordo pedido de auxilio que percibía. “Busquemos…” razonaba mi mente, pausando el tonto video de Youtube –sobre automóviles para variar- que había buscado a esas altas horas de la noche para ganar algo de sueño. Hay cada cosa en este mundo, y entre las canciones pop de fondo y los extraños sonidos que Microsoft escoge para sus aplicaciones, el que algún desviado –entre millones de personas que crean páginas web- añadiera voces de auxilio en su página era posible… La otra posibilidad era más increíble y desagradable. La postergaba.

“Auxilio”, el llamado se hacía más insistente. Ya no cabía duda.. no me dejaría libre el que todo fuera un simple efecto sonoro añadido por mal gusto. Apagando los parlantes del equipo, me acerco a la ventana y puedo distinguirla; una señora en sus 50s, con su bata y rolos agitando los brazos para llamar la atención. Cuchillo en mano.

Miro con más cuidado; quizás sí estaba dispuesto a brindar ayuda… siempre y cuando no se tratara de una jauría de pandilleros causando Dios sabrá que males. No, no lo considero cobardía, es la simple y pura verdad. Seré idealista y románticamente… heroico –en mi mente. Pero conozco mis limitaciones y después de toda una vida dedicado a la lectura, el dibujo, la pintura y el arte –esas aspiraciones preciosistas que muchos aprecian pero pocos pagan- reconozco que el intervenir físicamente contra una turba maliciosa no sólo no conllevaría a evitar el triste desagravio, sino que terminaría en mi muy seguro cese de existir en esta forma humana. No, de ser una turba, llamaba a la policía, fin del asunto y a vivir con el remordimiento y el sentido de impotencia.

Con la escena examinada cuidadosamente decido intervenir. Bajo las escaleras, despertando al guardia -quién, dicho sea de paso, debería ser el que haya respondido. Como de costumbre dormía a estas horas. Menudo hombre de armas que ha de defenderme en caso de un crimen en mi hogar. He de dormir mejor ahora conociendo su alta eficiencia?

Apesadumbrado y sin comprender bien lo que ocurre, me despeja el camino, y abre el portón principal. Me ha de acompañar? No, él conoce bien su trabajo y habrá de velar por el pedazo de edificio que le pagan para cuidar. Exacto, esta no es misión para un hombre de armas mal preparado: es una misión para el señor delgado que se dedica a dibujar dulces figuras infantiles. Abran paso espectros de la noche que vengo con el borrador cargado.

“Gracias a Dios que me escuchó… que he estado en todas las otras casas y nada! Nadie! Venga que la niña, está encerrada en el cuarto y algo le cayó mal y no la puedo sacar! Yo creo que algo malo le cayó en la comida.. se me ha congestionado!”

Bien, mucha información, así son las mujeres. Rápidas para decir datos sobre las situaciones… Y así somos nosotros, lentos en comprender la retahíla que recién nos han expuesto. Intentando descifrar todo bajo alguna lógica que nos elude.  Nosotros queremos cosas más concretas: Congestionada? Cómo sabe eso? Cómo llega a esa conclusión? Niña? De cuántos años? A dónde me lleva doña? Y cómo se encerró ella en ese cuarto? En qué me he metido?

Primera vez poniendo pie en esa casa. Justo a la derecha de la mía y jamás había posado mi vista detenidamente en ella, así de anónima es. Ahora era invitado inesperado. Qué hora es mi’jo? 1:30 de la mañana ya? Reviso a mis espaldas, quizás cambió de parecer el guardia. Nada, sigo por mi cuenta… El delgadito se las ha de poder con una puerta recalcitrante. Recibo el cuchillo en las manos.

“Mire, que llevo intentando abrir con esto, quizás usted puede. Que la niña pide auxilio y no la puedo sacar… que puso llave…”

Sí señora, ya escuché… pero no le digo nada. Sé que para ella repetir esa información le da cierto sosiego. Sino puede controlar la situación, al menos está en control de la información, por más correcta o equivocada que está pueda ser.

“Creo que está congestionada… qué no se puede mover. A mí así me dio una vez, que no podía moverme… Y así frotándome el estómago se me quitó”

La doña me muestra sobándose en dicha área. Me pregunto en dónde he terminado, estoy con un cuchillo barato de cocina intentando abrir una puerta, del cuarto escucho los gemidos de la muchacha, suaves y angustiados: “Ayuda”. Qué es esto? Cámara escondida? Quién es esta ‘niña’? Alguna adolescente jugándonos una muy pesada broma?

A diferencia de lo que las películas muestran, una puerta de madera común y corriente no abre sólo de un empujón. Ni con cuchillos de cocina. Sé que es inútil. Corro por martillo y desarmadores a mi hogar. El guardia me mira con poco interés. Sí señor, disculpe que lo hayamos despertado.

De regreso, mejor equipado, me esmero en mi cometido. Tenía una puerta por abrir y mi primitivo cerebro masculino había aceptado el reto: esa puerta habría de abrirse, eso estaba decidido, ya fuera reventándola a mazasos. Atentando con esta certeza impuesta a mí mismo, la doña marca el número de emergencias. Desconozco si por los nervios o por costumbre les da malas direcciones. No señora, la calle en la que estamos no es esa… en qué está pensando?

La operadora no ubica ni entiende las direcciones. El auricular pasa a mi poder mientras martillo. Sí… efectivamente, no puede salir la muchacha… no sabemos lo que le pasa, la calle es tal y cual… cuánto tardarán?... gracias. Fantástico, ahora, en caso de que no pueda abrir la puerta, al menos mi orgullo masculino se sentirá redimido tras haber situado –cual sabueso- al equipo de emergencia en el camino correcto.

La puerta cede. La ‘niña’ por fin se presenta ante mí. Veinteañera, mestiza, rechonchita de pelo pintado, yace en la cama desnuda y ladeada. Una laptop abierta permanece justo cerca de sus manos. Platos de comida sucios usados pocas horas atrás. Su cuerpo efectivamente se rehúsa a movimientos voluntarios.  Su palabras son suaves gemidos.

“Niña qué le pasa? Comió algo? Qué tiene?”
“No puedo… me duele…”
“Mire, la voy a voltear… venga”
“Me duele… nooo… “

Salgo a la calle a esperar al equipo de emergencias. En esta ciudad de inseguridades, siento una extraña sensación de placer y ansiedad al ver -y permanecer expuesto- mi calle de todos los días a esas horas de la noche. Las cosas que uno puede envidiarle a Europa.  La calle es fría, un par de luces solamente, ningún alma en derredor… Sólo el guardia que permanece resguardado a unos cuantos metros de distancia. Mejor no contar con él en caso de auxilio.

La esperada caravana llega casi 15min. más tarde. Parecen ‘homies’, serán? Quizás han reencaminado sus vidas después de ser deportados. Eso o auscultan casas para asaltar con ese ventajoso trabajo. Como sea, no hay de otra más que aceptar la ayuda. El interrogatorio comienza. “Qué comió mamita?” “Se puede mover?” “Ha bebido?”

“No, la niña es bien sana… ella no toma, no consume esas cosas… no… algo que habrá comido será, le puede mover la panzita… así me curé yo”

Miradas de incredulidad de los rescatistas a mí persona. “Moverle la panzita?” parecen decirme. Yo que sé. Uds. sabrán de su trabajo, yo ya hice mi parte. De hecho, por qué sigo aquí? Uno de los rescatistas me muestra una botella de vodka vacía que estaba justo bajo la mesa de noche. Me la señala y se acerca a mí cual si yo fuera pariente. “Ve! Mire en lo que andaba la niña” parece decirme. La chica vomita en ese momento. Entra la policía (para protegernos de los ‘homies’?). Los actores de la obra por fin están completos.

Mientras siguen las averiguaciones y discusiones mi mirada se pierde en la casa. Enfoco el diploma de la doña en el pasillo de las escaleras. Joven, feliz, doctora, fecha de graduación en la década de los 80. Cómo se llega de ese momento de promesas a este, en el que no se puede ni siquiera dar direcciones correctas a unos extraños que podrían salvar a una persona que cuidas y amas?

Los rescatistas han conseguido bajar a la chica en camilla pese a lo estrecho del paso. Bajan todos, abordan vehículos. Camino al hospital. Se acabaron las emociones, por lo menos para mi persona. Otro día las veré entrando a su casa, miraré a otra parte y me haré el desentendido, prefiero cierta distancia entre vecinos. Tú no me reconocerás, pero no importa, no lo resentiré. Fue simple casualidad… estar en casa ese día todavía alerta, dispuesto a forzar una puerta en una casa extraña a esas horas.

Quizás mañana termino ese video en Youtube.