Sunday, February 10, 2013

Algún Miércoles, Jueves o Viernes


Miércoles

“Ajá, sí, aquí se la tenemos… dénos 5 minutos y ya se la traemos”

Debía de admitir que cuando entré al puesto –al mercado de hecho- no sabía que esperar… pero las imágenes creadas hacía pocos minutos tras años de negativos comentarios de los ajenos a esos entornos no eran nada halagüeñas… Esperaba cualquier cosa, especialmente negativa. Cualquier cosa menos ese hombre de amable y jovial trato, campechano y servicial.

No tardó en llegar el compañero del puesto. Efectivamente traía en sus manos lo que buscaba, la carátula de reemplazo para el CD player del auto, aunque no debía sorprenderme. Después de todo, era un modelo muy popular en el país, perfecto para mantener la cadena de consumo en funcionamiento: “Cuál es el que buscan?” “El Pioneer 200” “Cachimbón!” A medida que corría la voz, la demanda aumentaba y poco a poco, cerraduras y ventanas cedían, las pequeñas carátulas de los equipos desaparecían, y terminaban, como no, en mis manos tras pagar una suma por su recuperación.

Acordamos un precio, elevado considerando que el artículo era de “segunda mano”, pero al fin y al cabo la mano de obra en el país era mal pagada. Además supongo que el intermediario consideraba las dificultades por las que el ‘proveedor’ había pasado; vigilar que el cuilio no se acerque, cortarse la mano con la ventana reventada, gastar calorías en golpear a su legitimo dueño. Mejor no pensar más en ello.

Al pagar, el hombre que me había recibido me da un sólido apretón de manos, agradece la compra con toda la cortesía del mundo y me da su tarjeta de negocios. Cuán amable parece el submundo del crimen en esta tierra… con sonrisas, protocolo y cordialidades.

Jueves

Llegué al bufete. Para variar el señor notario había salido por unos minutos. Recordaba mis palabras no mucho tiempo después de regresar al país “jamás vayas a realizar trámites con prisa en este sitio indómito… será imposible”.

Tomo el inconveniente con calma. El notario tardaría, mucho lo más seguro… ¿Esperaba o seguía buscando? No conocía el pueblo, ¿a cuanta distancia y en dónde se encontraría otro? ¿Preguntaba? Cinco minutos no es mucho. Esperaría. En ese tiempo descansaría y luego, hasta se apiadarían de mi alma y hasta capaz me orientarían al más cercano competidor.

Los muebles de la oficina reflejaban que el local fue montado en los 70 y desde entonces, personal habría cambiado, clientes ido y venido, pero fuera del fax y alguna que otra computadora, el señor abogado había anclado su gusto mobiliario por el de la década de mi nacimiento. “¿Por qué las entidades en esta mi tierra se anclan en un período y parecen condenadas a estancarse ahí… hasta desaparecer, sin cambios? Sólo es de entrar a cientos de oficinas, negocios, tiendas… y no cuesta saber en qué momento de nuestra historia tuvieron origen.”

No había prestado mayor atención al reloj cuando la secretaria me indicó que pasara adelante. Al entrar al despacho, me atiende un asistente.

“¿Al señor notario necesita? ¿Tiene prisa? Él no se encuentra… pero aquí cerca…”

Par de minutos después me encuentro en camino. Localizo el edificio, de anónima e impersonal arquitectura de los 80, con pequeñas oficinas decrépitas. Uno de esos complejos comerciales con tan poco movimiento de clientela que tiendo a calificarlos como moderadamente trágicos.

Entro a la oficina del notario. Este se encuentra tocando guitarra medio murmurando una canción mientras una vecina le habla del evangelio. Es obvio que he interrumpido, lo último que esperaban ambos en este lugar olvidado del mundo era un cliente. Sin embargo, no parece molestarles. Ambos me saludan amablemente, el señor notario aparta su guitarra y me atiende cortésmente.

La oficina es tolerablemente desordenada, con polvo acumulado sobre múltiples expedientes y cartapacios. También hacen bulto periódicos y objetos personales en cada esquina del inmueble. La poca luz que entra me resulta molesta. Frente a mí, se exhiben orgullosamente los varios diplomas que avalan la experticia del señor notario, cubierto cada uno con su respectivo velo de polvo… reflejan –pienso yo- algún ya olvidado sueño por un brillante futuro con apellido de renombre y lejos, muy lejos de un desdeñado edificio multiusos que pretende ser centro comercial.

La mano del notario con gran seguridad imprime su sello en el documento. A pesar de las apariencias del entorno el gesto demostraba dignidad, el de que era una persona certificada, avalada para brindar ese servicio. “¿Va a necesitar copia?” me pregunta la mujer, a esto le siguen una serie de confusas indicaciones que apenas puedo seguir, pero que sin pensar más en el asunto, me dirigen a la segunda planta del edificio.

Recorro los pasillos superiores sin suerte. O no entendí las instrucciones en lo absoluto, o el sitio de copias carecía de rótulo. Lo procedente en esta tierra era preguntar, más de alguien me guiaría, pero con usual reticencia, abandono el edificio. Encontrar un sitio de copias no sería mayor dificultad por mi cuenta.

Me reúno con Phiusa, y pedimos las usuales infusiones herbales. Alguna cosa peculiar, la más curiosa que se encuentre en el menú; ¿hibisco y menta? ¿Por qué no? Adelante.

Mientras degustamos abordamos el tema de la nación y su coyuntura política. Nos resulta agradable la idea de eliminar al 90% del congreso del país; elaboramos conspiraciones: accidente de avión camino a una cumbre internacional, envenenamiento por alimentos contaminados en alguno de sus usuales festejos de hotel, contratar algún francotirador que los elimine poco a poco. Mencionamos nombres, etc. En cinco minutos, hemos resuelto los problemas de la nación.

Viernes

Como de costumbre Andrea tarda en alistarse. Para cuando sale llevamos ya varios minutos de atraso pero me tiene sin cuidado. Después de todo el llegar a tiempo al gimnasio no es algo que tenga mayor prioridad para mi persona.

Al girar en la esquina de la calle principal, en la acera opuesta, yace el cuerpo acuchillado o balaceado de algún cristiano. La policía mira pasivamente la escena, uno que otro vecino también. Nosotros proseguimos, la muerte es ya demasiado común en nuestra provincia como para despertar mayor curiosidad.

Más noche hablo con mi chica por teléfono. La situación en su hogar sigue intranquila tras el robo de hacía unos días en que su madre y su hermanito llegaron para descubrir la casa desvalijada y una fétida cagada por los perpetradores, extraña tradición de nuestros truhanes según averiguamos después. Su hermanito, me explica ella, tiene temor, inquietud, de seguir durmiendo en ese hogar que ya no considera seguro. No sabe qué decirle.

Recuerdo aquel viaje al norte del país con José, mi amigo español, en que caminábamos por las veredas y los moradores nos saludaban con todo el amor posible. Sonrisas, candor, todos sumamente entrañables.

“¿Quién en este sitio es que comete los crímenes? Si son sumamente amables!”

“Ni idea José… ni idea”