Miércoles
“Ajá,
sí, aquí se la tenemos… dénos 5 minutos y ya se la traemos”
Debía
de admitir que cuando entré al puesto –al mercado de hecho- no sabía que
esperar… pero las imágenes creadas hacía pocos minutos tras años de negativos
comentarios de los ajenos a esos entornos no eran nada halagüeñas… Esperaba
cualquier cosa, especialmente negativa. Cualquier cosa menos ese hombre de
amable y jovial trato, campechano y servicial.
No
tardó en llegar el compañero del puesto. Efectivamente traía en sus manos lo
que buscaba, la carátula de reemplazo para el CD player del auto, aunque no
debía sorprenderme. Después de todo, era un modelo muy popular en el país,
perfecto para mantener la cadena de consumo en funcionamiento: “Cuál es el que
buscan?” “El Pioneer 200” “Cachimbón!” A medida que corría la voz, la demanda
aumentaba y poco a poco, cerraduras y ventanas cedían, las pequeñas carátulas
de los equipos desaparecían, y terminaban, como no, en mis manos tras pagar una
suma por su recuperación.
Acordamos
un precio, elevado considerando que el artículo era de “segunda mano”, pero al
fin y al cabo la mano de obra en el país era mal pagada. Además supongo que el
intermediario consideraba las dificultades por las que el ‘proveedor’ había
pasado; vigilar que el cuilio no se acerque, cortarse la mano con la ventana
reventada, gastar calorías en golpear a su legitimo dueño. Mejor no pensar más
en ello.
Al
pagar, el hombre que me había recibido me da un sólido apretón de manos,
agradece la compra con toda la cortesía del mundo y me da su tarjeta de
negocios. Cuán amable parece el submundo del crimen en esta tierra… con
sonrisas, protocolo y cordialidades.
Jueves
Llegué
al bufete. Para variar el señor notario había salido por unos minutos.
Recordaba mis palabras no mucho tiempo después de regresar al país “jamás vayas
a realizar trámites con prisa en este sitio indómito… será imposible”.
Tomo el
inconveniente con calma. El notario tardaría, mucho lo más seguro… ¿Esperaba o
seguía buscando? No conocía el pueblo, ¿a cuanta distancia y en dónde se
encontraría otro? ¿Preguntaba? Cinco minutos no es mucho. Esperaría. En ese
tiempo descansaría y luego, hasta se apiadarían de mi alma y hasta capaz me
orientarían al más cercano competidor.
Los
muebles de la oficina reflejaban que el local fue montado en los 70 y desde
entonces, personal habría cambiado, clientes ido y venido, pero fuera del fax y
alguna que otra computadora, el señor abogado había anclado su gusto mobiliario
por el de la década de mi nacimiento. “¿Por qué las entidades en esta mi tierra
se anclan en un período y parecen condenadas a estancarse ahí… hasta
desaparecer, sin cambios? Sólo es de entrar a cientos de oficinas, negocios,
tiendas… y no cuesta saber en qué momento de nuestra historia tuvieron origen.”
No
había prestado mayor atención al reloj cuando la secretaria me indicó que
pasara adelante. Al entrar al despacho, me atiende un asistente.
“¿Al
señor notario necesita? ¿Tiene prisa? Él no se encuentra… pero aquí cerca…”
Par de
minutos después me encuentro en camino. Localizo el edificio, de anónima e
impersonal arquitectura de los 80, con pequeñas oficinas decrépitas. Uno de
esos complejos comerciales con tan poco movimiento de clientela que tiendo a
calificarlos como moderadamente trágicos.
Entro a
la oficina del notario. Este se encuentra tocando guitarra medio murmurando una
canción mientras una vecina le habla del evangelio. Es obvio que he
interrumpido, lo último que esperaban ambos en este lugar olvidado del mundo
era un cliente. Sin embargo, no parece molestarles. Ambos me saludan
amablemente, el señor notario aparta su guitarra y me atiende cortésmente.
La
oficina es tolerablemente desordenada, con polvo acumulado sobre múltiples
expedientes y cartapacios. También hacen bulto periódicos y objetos personales
en cada esquina del inmueble. La poca luz que entra me resulta molesta. Frente
a mí, se exhiben orgullosamente los varios diplomas que avalan la experticia
del señor notario, cubierto cada uno con su respectivo velo de polvo… reflejan
–pienso yo- algún ya olvidado sueño por un brillante futuro con apellido de
renombre y lejos, muy lejos de un desdeñado edificio multiusos que pretende ser
centro comercial.
La mano
del notario con gran seguridad imprime su sello en el documento. A pesar de las
apariencias del entorno el gesto demostraba dignidad, el de que era una persona
certificada, avalada para brindar ese servicio. “¿Va a necesitar copia?” me
pregunta la mujer, a esto le siguen una serie de confusas indicaciones que
apenas puedo seguir, pero que sin pensar más en el asunto, me dirigen a la
segunda planta del edificio.
Recorro
los pasillos superiores sin suerte. O no entendí las instrucciones en lo absoluto,
o el sitio de copias carecía de rótulo. Lo procedente en esta tierra era
preguntar, más de alguien me guiaría, pero con usual reticencia, abandono el
edificio. Encontrar un sitio de copias no sería mayor dificultad por mi cuenta.
Me
reúno con Phiusa, y pedimos las usuales infusiones herbales. Alguna cosa
peculiar, la más curiosa que se encuentre en el menú; ¿hibisco y menta? ¿Por
qué no? Adelante.
Mientras
degustamos abordamos el tema de la nación y su coyuntura política. Nos resulta
agradable la idea de eliminar al 90% del congreso del país; elaboramos
conspiraciones: accidente de avión camino a una cumbre internacional,
envenenamiento por alimentos contaminados en alguno de sus usuales festejos de
hotel, contratar algún francotirador que los elimine poco a poco. Mencionamos
nombres, etc. En cinco minutos, hemos resuelto los problemas de la nación.
Viernes
Como de
costumbre Andrea tarda en alistarse. Para cuando sale llevamos ya varios
minutos de atraso pero me tiene sin cuidado. Después de todo el llegar a tiempo
al gimnasio no es algo que tenga mayor prioridad para mi persona.
Al
girar en la esquina de la calle principal, en la acera opuesta, yace el cuerpo
acuchillado o balaceado de algún cristiano. La policía mira pasivamente la
escena, uno que otro vecino también. Nosotros proseguimos, la muerte es ya
demasiado común en nuestra provincia como para despertar mayor curiosidad.
Más
noche hablo con mi chica por teléfono. La situación en su hogar sigue
intranquila tras el robo de hacía unos días en que su madre y su hermanito
llegaron para descubrir la casa desvalijada y una fétida cagada por los
perpetradores, extraña tradición de nuestros truhanes según averiguamos
después. Su hermanito, me explica ella, tiene temor, inquietud, de seguir durmiendo
en ese hogar que ya no considera seguro. No sabe qué decirle.
Recuerdo
aquel viaje al norte del país con José, mi amigo español, en que caminábamos
por las veredas y los moradores nos saludaban con todo el amor posible.
Sonrisas, candor, todos sumamente entrañables.
“¿Quién
en este sitio es que comete los crímenes? Si son sumamente amables!”
“Ni
idea José… ni idea”