Caminaba con
parsimonia junto a mi padre entre los pasillos del súper.
Esperábamos los dos a su mujer, quien deambulaba entre alguno de los
tantos otros corredores buscando un sinnúmero de productos para su
tiendita. De pronto aparecieron ante mi vista… no, no era ningún
objeto extraordinario señor lector, sin embargo eran merecedores de
toda mi atención, tan siquiera por unos breves segundos: jabones de
bola para la pila.
Admito que tras doce
años en los Yunais existe una serie de implementos cotidianos de
esta tierra indómita que despiertan las más tiernas e inesperadas
añoranzas. Generalmente en los momentos menos esperados. Así que
ahí estaban, esos objetos de mis recuerdos infantiles-juveniles,
ahora materializados en todo tipo de colores, listos para ser
auscultados y corroborados con las distantes memorias.
Primera sorpresa,
las marcas han cambiado. ¿Qué pasó con Jabón Pueblo? ¿Ya no
existe? Si fueramos como los gringos, podría buscar en el inter y
descubrir con todos sus pormenores los altibajos del producto y los
tristes eventos que conllevaron a su desaparición. Pero bien, siendo
que estamos en Centro América, que sólo vive del día a día y en
que la Historia resulta ser un canal de TV importado, solamente me
queda resignarme a la incógnita.
Segunda sorpresa,
ahora los jabones vienen ‘aromatizados’. De Naranja, de Limón,
de Manzanilla y Sábila. Joder… ahora no sé si lavar con ellos o
comérmelos. ¿Qué efecto causa en la ropa? ¿Si lavará mis prendas
con diferentes jabones, tendría olor a ensalada? Pantalones de
limón, camisa de naranja, calzoncillos de sábila… menudo complejo
de frutera. Desconozco que extrañas maquinaciones se han dado
alrededor del mundo para que esta obsesión odorífica se haya
propagado en casi todos los ámbitos de nuestras vidas. Pero hoy día
es norma y supongo que me agrada ver los jabones de mis recuerdos
todavía en existencia… con todo y sus pequeñas concesiones al
exigente mercado globalizado de nuestros días.
II
Recuerdo claramente
mi primer viaje como visitante al país, en diciembre de 1991. Entré por
tierra desde Guatemala en bus, acompañado por mi mejor amigo y su
madre. A medida que nos desplazábamos la nostalgia me sobrecogía y
para horror de mis acompañantes, todo me parecía absolutamente
hermoso. Desde la basura en la calle, a las casa de bahareque, a los
niños descalzos, y hasta los buses expidiendo sus nefastas
fumarolas. Particularmente recuerdo la imagen de los buses, con mi
amigo exasperado ante mi añoranza. Ahí estaba yo concediéndoles a
los buses un lugar de mérito en esta imagen que se me entretenía
como ‘pintoresca’. Lo admito, una cosa era vivir con un recuerdo
y otra muy diferente vivir con este.
Con este, serán ya
diez los años que llevo de haber retornado. Aunque ahora me toca
vivir con mi ‘recuerdo’ a diario, y sufro de las intoxicaciones
del caso cada vez que olvido subir la ventana de mi auto, nunca
olvido aquel momento de arrebato nostálgico. No intentaré
justificarlo. ¿Cómo defender a esas cajas de la muerte? Ni
pensarlo.
Sin embargo, sí
considero que los salvadoreños pecamos de negativos y que si
‘coqueáramos’ el asunto, los buses no sólo serían una ‘marca
de país’, sino también una importante fuente de ingresos. ¿No
podríamos venderles a los extranjeros viajecitos en la 109, ruta
Troncal del Norte, como ‘extreme sport’? ¿Y pasajes a suicidas
potenciales en cualquiera de nuestras rutas más notorias: la asesina
101 o la decapitadora 38 por ejemplo? Las posibilidades son,
honestamente, inagotables.
Por otro lado,
recuerdo en los Yunais una campaña a manos de las plantas
energéticas a base de carbón en donde alegaban que no necesitaban
disminuir sus niveles de emisiones. Se defendían explicando que el
dióxido de carbono era alimento para las plantas y que mientras más
emitieran, más vegetación existiría. Ok… si tenían la caradura
para decir semejantes ideas en el norte, ¿qué no podríamos alegar
aquí? Con los niveles industriales que se expelen en nuestras calles
día tras día, quizás con una buena campaña de reforestación
hasta podríamos pedir fondos internacionales por retención de
carbono en nuestro país. Después de todo, con nuestra flota de
buses, en unos 5 años, plantando los arbolitos necesarios, y con la
segura sobredosis de dióxido de carbono, nuestro territorio sería
un vergel sólo equiparable al Amazonas. Compensaríamos por nuestras
emisiones y hasta por las de países vecinos.
Como sea, cada vez
que vea un bus en su decaído estado expidiendo CO2 como sólo ellos
pueden, piénselo antes de quejarse; puede ser un recurso no
aprovechado y puede que hasta algún helecho recubierto en hollín
esté más que agradecido.
III
Pequeño anexo al
tema de los buses. Admitámoslo, los salvadoreños somos cachimbones.
Bien, quizás seamos algo violentos y a ratos malintencionados, y
puede que no nos guste trabajar en conjunto, pero en realidad hay
entre nosotros todo tipo de cualidades que son de admirar, todas
ellas muy subvaloradas en el mercado liberal global.
Miremos a los
buseros detenidamente. Si es cierto que tienen su mala fama por
descorteses, irrespetuosos, y abusivos (y uno que otro accidente
trágico), la mayoría de ellos son ejemplos notables del
‘multitasking’ que tanto alaban los nórdicos. Después de todo,
hay que verlos en un día de trabajo; no sólo manejan, estos genios
multidisciplinarios también se dedican a: monitorear llamadas en sus
celulares, textear, cobrar el pasaje y dar cambio, piropear a las
bichas, hacerle la compra ‘a la doña’, buscar la canción ‘de
fondo’ en el MP3, recoger al bichito de la ‘otra’, putear a los
conductores, saludar a sus cheros, vigiar los calzones de las bichas
en el retrovisor, sobrellevar la goma, pagar la ‘renta’, cobrar
la ‘renta’, etc. Todo esto, mientras conducen. Cualquier
anglosajón fracasaría en tan siquiera intentar emular a uno de
estos asombrosos talentos bípedos del mundo automotriz.
Así que, ante Uds.
Señores buseros, me quito el sombrero respetuosamente (sin dejar de
mirar a mi espalda, que si me descuido, me lleva uno de estos
cabrones).
IV
Mientras
curioseábamos en Youtube, no con poco estupor, mi chica y yo
tomábamos un paseo virtual a través de un galante, pujante, y muy a
la moda ‘bar de agua’ en la gran ciudad de Nueva Amsterdam (New
York, para los que no prestan atención a esos pormenores
históricos).
Trabajé en Los
Angeles, coqueteando con Hollywood a lo lejos, y confieso que el tema
de todo tipo de excesos no me es extraño. Para caprichos extraños,
Hollywood da las más reconocidas cátedras. Que un bar en New York
pueda subsistir vendiendo botellas de agua a $50 no me es del todo
insólito. Para mi chica, hija de este terruño, en donde le duele
soltar los dos dólares con veinte por la botella de Agua Cristal, el
asunto era una burla absurda, una tomadura de pelo, un inaudito robo
a mano armada con víctimas más que dispuestas a ser subyugadas para
colmo.
Supongo que
concuerdo; entre tantas necesidades, defender excesos es
injustificable (pero para todos, secretamente, envidiables).
¿Botellas de agua de $50? ¿Sí, cuantas desea?... ¿Ajá, señor
ejecutivo, no desea un fin de semana cazando codornices por $35,000
euros? ¿Para cuántos la reserva? ¿Ah, señor rey de España… qué
tal una cacería de elefantes? Con todo gusto, aquí estamos para
servirle.
Pero bien,
nuevamente lo que percibo aquí son más oportunidades
desperdiciadas. Después de todo miremos fijamente varios productos,
de fama internacional, de mucho prestigio, de elevado costo y muy,
muy preciados entre la gente de ‘éxito’:
El caviar: ¿Lo han
probado? ¿A alguien le gusta? ¿Por qué tanta alharaca por unos
huevos de pescado?
Los caracoles
franceses: Ok, admito que me gustan… ¿Pero justifican tanta fama?
¿No tenemos también nosotros suficientes caracoles como para
competir con ellos? ¿Si buscáramos con ahínco, no encontraríamos
algún caracol cuzcatleco que fascine a los hijos de Rosseau?
El Blowfish: Este no
sólo es costoso, sino que encima de eso, puede culminar en una lenta
y dolorosa muerte. Esa sí que es una ‘sobadura’ mayor señores;
encima de pagar por la cama, amanecer de pata estirada y retorcida en
ella.
Sugiero por ende
investigar el mercado de las aguas en nuestra nación para su
exportación a precios desorbitantes. Primero, buscar un manantial
natural prístino, alguno de los pocos que nos queden. ¿Qué no
tenemos el cachét de las aguas tibetanas de $50? ¿Por qué no
habríamos de tenerlo? ¿No tiene más mérito vender a alto costo la
poca agua cristalina que todavía subsiste en un territorio altamente
contaminado? O sea, después de todo, ¿Cuán difícil es extraer
agua pura en el Tibet? No mucho, señores, no mucho. En realidad, el
mérito de ellos es poco y el nuestro sería incalculable.
Y para los
naturistas, ¿qué tal agua azufrada de nuestros volcanes? ¿Me
preguntan, qué uso le darán los naturistas? Pues lo desconozco,
pero algo se les ocurrirá. A esos entusiastas, con decirles que
viene de la madre tierra, algún uso se esforzarán en hallarle.
Si ninguna de estas
opciones funciona, siempre podemos considerar la opción ‘extreme’,
distribuyendo aguas contaminadas del Sitio del Niño o el Acelhuate.
Al final, todo es cuestión de ‘marketing’. Si los japoneses se
han hecho famosos con un plato mortal de pescado, ¿por qué no
habríamos de hacerlo nosotros con aguas del Acelhuate?
Es cuestión de
‘coquearlo’ señores, solamente.
PD: Favor manejar la
información sobre las botellas ‘conneisseur’ lejos de los oídos
de Mauricio. Ya no le bastarán las de marca Evian y nos tocará
costearlas.
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